Recuerdos arbitrarios

 

Son una suerte de fantasmas surrealistas. Hay una parte de los recuerdos que no obedece a lógica alguna. Cuyas prioridades están resueltas, hasta nuevo aviso, por pura arbitrariedad. Pero el cerebro las hace emerger, sin previo anuncio, sin que atiendan a un discurso, a un esfuerzo o a una asociación específica. De la nada, como un pop up, imágenes de todo tipo pueden aparecer, en cualquier momento, cualquier día, sin que las esperemos.

Hay algunos que se repiten. Otros que son función única. Pero todos llegan desprevenidamente, eso sí. Sorprenden, o pasan desapercibidos, como si vivir en su absurdo mundo les fuese suficiente.

A todos nos debe haber pasado con las canciones. Melodías, letras o pedazos de piezas que nunca imaginamos les estábamos prestando atención se transmiten en alguna frecuencia cerebral de pronto y ruedan gracias a un dj que trabaja ad honorem. A mí me pasa con una canción insólita, tradicional, de acto infantil. Una melodía que he terminado por averiguar que interpretaba el Quinteto Contrapunto en 1963, llamada La Catuarera.

Pero esos inexplicables recuerdos no se limitan a canciones, que son siempre un lugar conocido. Hay imágenes que, sin haber sido de mi atracción, me saltan a veces. El esplendor de la Plaza El Rectorado, por ejemplo, que cuando está desierta es una imagen ingrata por tanta resolana, a veces está en el script de mis días como si de un signo por codificar se tratara.

Lo mismo que el olor del hollín que se respira en los rieles del metro, que tiene una dulzura particular cuando no hay mucha gente, pues está mezclado con el aire acondicionado.

Igual me pasa con un hueco gigantesco que había en lo que es hoy la estación de Capuchinos. Pasaba por ahí con frecuencia cuando visitaba a mi abuela y veía ese hoyo de enormes proporciones, al que estaba acostumbrado, pero cuya impresión, que entonces no notaba, todavía me persigue.

El sonido de la doble vuelta de la cerradura de la primera reja del apartamento en el que viví por años en La Candelaria, también me suena a veces como una canción, que empieza o termina, de acuerdo a si uno entra o sale de un espacio.

El chorrito que sale de la pared contenida de El Ávila, a la altura de La Castellana, y que uno ve bajando, si viene en carro, o subiendo (es flecha) si viene a pie (yo viví por ahí y subía a pie hasta el cerro).

El amargo de la mostaza Dijon que servían en las hamburguesas del mismo nombre que vendían en el extinto L'atico, que es un amargo, probablemente porque la mostaza estuvo mal guardada o se expuso a mucho calor en su transporte, que no volví a encontrar.

El olor de la humedad de Europa en invierno, la terraza hace años desaparecida en la que se leía Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y en la que uno jodía mientras veía llegar aviones. Las inesperadamente modernas bajadas y subidas internas del edificio del Museo de Bellas Artes. El monólogo que hacía Silvio Rodríguez antes de cantara Óleo de una mujer con sombrero en un concierto en Chile y que yo escuchaba en un grabador de periodista en el año 90. Los lentes de Teodoro Petkoff, que cuando me era un señor ajeno, me parecían eran los lentes más grandes que hubiese visto nunca. El arpa que había en la casa de una familia que visitaba en mi infancia. La pesadez de los domingos, que en todas partes se versiona, pero que en ningún lado es igual. Y es, más que una imagen, una sensación.

Es un pentagrama infinito de recuerdos que no sé para qué están ahí. Que no significan un sentimiento específico ni pertenecen a un contexto que me digan una cosa mayor. Sino que son como palabras que no han sido leídas y que algún pito tocarán, según el cerebro, pero que desde este lado no parecen pertenecer a un idioma inteligible.

Pop ups, fantasmas fugaces, que así como aparecen, se van. Visitas inocuas e inesperadas.

 

 

Autor  JULIO T. CABELLO

http://blogs.eluniversal.com/blogs/diaspora/120621/recuerdos-arbitrarios